Si algo puede deducirse de la acelerada renovación de los catálogos de las marcas, es que la automoción europea ha afrontado el reto de la electrificación con el pie cambiado. No en vano, otros rincones del mundo -caso de China– ya caminan con un paso más firme hacia este paradigma.
Tal ‘agravio comparativo’ amenaza -si bien ‘nuestros’ constructores aprenden rápido- con adquirir una dimensión geopolítica, en el sentido de que los mayores demandantes de coches eléctricos -la ‘clase media’ china- los quieren para ya. Y ello implica centralizar allí también la producción de sus componentes estratégicos.
Quizá, precisamente por su influencia capitalista asiática, Volvo no quiere perder su independencia como productor en el paso a la electricidad. Su última decisión empresarial deja a las claras que controlará cada paso en la creación de sus futuros modelos ‘cero emisiones’.
Una factoría con ‘solera’
De hecho, la firma nórdica acaba de anunciar que fabricará sus propios motores eléctricos. Y lo hará sin salir de Suecia, en su planta de Skövde. Dicha factoría -una de las más emblemáticas de la marca- recibirá una inversión de 68 millones de euros para reconvertirse con este fin.
Javier Varela -vicepresidente de las operaciones industriales de Volvo- explica la elección de este enclave histórico: «El primer vehículo Volvo de 1927 llevaba un motor fabricado en Skövde. Nuestro equipo está altamente capacitado y plenamente comprometido a alcanzar los más altos niveles de calidad. Por lo tanto, es lógico que forme parte de nuestro apasionante futuro».
En clave interna, lo que busca Volvo con esta decisión no es otra cosa que internalizar el desarrollo y producción de estos elementos vitales. Así, manteniendo a los ingenieros cerca de la cadena de montaje, los de Gotemburgo confían en establecer un protocolo de mejora continua, tanto de los propulsores como del conjunto motriz completo.















