Desde los años 80, los caminos del automóvil y el ordenador empezaron a converger… hasta convertirse, ya en la actualidad, en uno solo. Por eso, al igual que móviles y portátiles nos permiten estar conectados permanentemente con el mundo desde cualquier parte, ahora son también los vehículos los que ofrecen esa posibilidad.
La conectividad es, precisamente, una de las principales preocupaciones de los fabricantes en la actualidad y, a causa de ello, la imagen de una pantalla multimedia en los salpicaderos de los coches es ya algo común.
Pero lo que vemos en esa pantalla no es más que la punta del iceberg. En las entrañas de un vehículo conectado hay varias clases de funciones conectadas.
En un primer nivel, existen aquellas funciones que necesitan de nuestra intervención a través de algún botón o mando. Aquí se agrupan las más conocidas como los sistemas de audio, navegación, entretenimiento o integración con dispositivos personales -como pueden ser las plataformas Android Auto y Google CarPlay, las cuales comparamos aquí-.
En relación con los anteriores, existe otro grupo de funciones que utilizan el vehículo como medio para realizar transacciones con terceros. Un ejemplo pueden ser las aplicaciones que permiten efectuar pagos -como por ejemplo, los sistemas de telepeaje-. También tienen cabida aquí los servicios que se recogen en las aplicaciones móviles de los fabricantes de coches.
Hay también otras funciones que se ejecutan a través de la interacción del coche con el resto de vehículos que lo rodean, así como los elementos de infraestructura que sean compatibles.
Tal es el caso de sistemas -a prueba en algunos estados de EE.UU.- como el que envía alertas al conductor para alertarle de que se aproxima un vehículo de emergencia al que debe facilitar el paso o el que está estudiando Audi para que el coche ‘hable’ con los semáforos y saber cuándo se va a poner verde o rojo.
Por último -y quizá la mayor preocupación en materia de ciberseguridad- existe un nivel de conectividad interna entre los componentes del vehículo.
La mayoría de dispositivos de mando y control de un coche -como el ordenador de a bordo o, incluso, equipamientos como los asistentes de arranque en pendiente o el freno de estacionamiento eléctrico– cuentan con una capa de informatización a la cual puede accederse desde una toma de datos -como es el caso de las conexiones OBD, obligatorias en todos los vehículos desde 1996-.
En el futuro es muy posible que surjan nuevas categorías para las funciones y aplicaciones que incluyan los automóviles del mañana. El Internet de las Cosas -también conocido por sus siglas IoT- ha venido para quedarse y quizá, como parte de ella, el coche conectado llegue a ofrecer nuevas posibilidades de interacción y conectividad que todavía están por descubrirse.















