En Estados Unidos, el verano ya no solo se mide por las altas temperaturas o el número de aires acondicionados funcionando a pleno rendimiento en los hogares. También empieza a medirse por la cantidad de autobuses escolares eléctricos que, en lugar de transportar estudiantes -ahora que se encuentran de vacaciones-, están enviando electricidad a la red para evitar que millones de hogares se queden sin ese ‘fresquito’ imprescindible cuando las temperaturas superan récords históricos.
Es una imagen que se antoja bastante llamativa: los icónicos autobuses amarillos convertidos en pequeñas centrales eléctricas sobre ruedas, capaces de aliviar la presión de unas infraestructuras energéticas que cada año sufren más durante las olas de calor.
La tecnología que lo hace posible se conoce como Vehicle‑to‑Grid -V2G-, un sistema que permite que los vehículos eléctricos devuelvan energía almacenada en sus baterías a la red cuando ésta lo necesita. Aunque su capacidad es muy pequeña comparada con la de una planta de generación -los proyectos V2G plenamente operativos suman unos ocho megavatios-hora, frente a los más de 160.000 megavatios que requiere la mayor red regional del país en momentos de máxima demanda-, su valor no reside en competir con las grandes infraestructuras, sino en reforzarlas en momentos críticos. Y el verano estadounidense es, sin duda, uno de ellos.
Los autobuses escolares eléctricos tienen una ventaja importante: sus baterías son enormes -algunas superan los 200 kWh que, para hacerse una idea es el doble de la que emplean los coches actuales con mayor autonomía, como un BMW iX3 o un Mercedes EQE- y pasan buena parte del día y del año sin moverse.
En verano, cuando los colegios están cerrados y los sistemas de aire acondicionado trabajan sin descanso, estas flotas permanecen aparcadas, cargadas y disponibles para actuar como reservas energéticas. Según el World Resources Institute, al menos 31 compañías eléctricas en 21 estados ya participan en proyectos de este tipo, y la cifra crecerá a medida que el número de autobuses eléctricos se duplique en los próximos años.
California lidera la iniciativa con proyectos de gran escala. En Oakland, una flota de 74 autobuses gestionada por Pacific Gas & Electric y la empresa Zum puede aportar más de 2 gigavatios-hora al año. En San Francisco, otro proyecto similar arrancará con 104 vehículos y superará esa cifra desde el primer momento. La idea es simple: cargar los autobuses cuando la demanda es baja y devolver energía cuando la red está al límite. Un mecanismo que, explicado así, parece poco complicado, pero que requiere una infraestructura compleja y estándares que aún están en desarrollo -en países como España, por ejemplo, no está regularizado-.
Otros estados están explorando usos adicionales. En Carolina del Norte, una flota de autobuses eléctricos servirá como generador para escuelas que actúan como refugios en emergencias. En Florida, un distrito escolar planea emplear sus vehículos como centros móviles de refrigeración cuando llegue la época de huracanes. Son aplicaciones que muestran cómo la electrificación del transporte puede tener efectos inesperados y beneficiosos más allá de la movilidad.
El camino, con todo, también cuenta con obstáculos: los costes iniciales, la falta de compatibilidad universal y las dudas sobre la degradación de las baterías siguen estando ahí, pero la tendencia es clara y probablemente vaya a más, además de servir para mejorar la imagen de unos vehículos eléctricos que en Estados Unidos aún no son tan populares como en otras regiones del mundo.















