Imagina un robotaxi sin conductor circulando por una ciudad estadounidense cuando, de repente, detecta un comportamiento extraño y decide actuar. No porque se haya visto obligado a frenar o realizar una esquiva por lo que ha hecho algún otro usuario. Simplemente porque sus sensores -es decir, sus sentidos: cámaras, micrófonos y algoritmos de análisis- han llegado a la conclusión de que quienes viajan dentro están poniendo en riesgo su seguridad o la de otros.
Y entonces, el vehículo avisa a un operador humano, que a su vez alerta a la policía. Lo que hace unos años habría parecido un argumento de un futuro distópico podría convertirse en algo real que, además, reabriría el debate sobre la privacidad en los vehículos autónomos.
El caso más reciente ocurrió en San Mateo, California. Según la información publicada por la policía local y recogida por los medios, un robotaxi de Waymo detectó que dos adolescentes estaban bebiendo alcohol y disparando pistolas de juguete desde el interior del vehículo. El sistema interpretó la situación como un riesgo grave -la palabra ‘firearm‘ o ‘arma de fuego’ en la alerta fue suficiente para activar un protocolo de seguridad- y el coche quedó deshabilitado. Los jóvenes podían salir, pero no lo hicieron. Cuando los agentes llegaron, realizaron una intervención de alto riesgo y los menores fueron finalmente entregados a sus padres. Las posibles sanciones dependerán de lo que muestre el vídeo captado por el propio robotaxi.
Este episodio, que sigue a otro prácticamente idéntico difundido por Panda Security que había tenido lugar en Phoenix -Arizona-, plantea una pregunta que hasta ahora se había tratado con cautela: ¿puede un coche autónomo convertirse en un testigo permanente de lo que hacemos? Waymo, propiedad de Alphabet, equipa sus vehículos con hasta 29 cámaras capaces de ver en condiciones de baja luz, con amplio rango dinámico y diseñadas para captar tanto el interior como el exterior del coche. En teoría, estas cámaras sirven para garantizar la seguridad del trayecto y resolver incidencias. En la práctica, también pueden registrar comportamientos que deriven en una intervención policial.
Los expertos consultados coinciden en que la cuestión no es solo tecnológica, sino ética. Alessandro Acquisti, profesor en MIT Sloan, recuerda que ya existen leyes que obligan a ciertos operadores a reportar situaciones de riesgo. El problema surge cuando esa obligación se convierte en una excusa para acumular datos de forma indiscriminada -vídeos, audios, patrones de movimiento- sin que el usuario sepa realmente cómo se utilizarán. Es decir, que la frontera entre proteger y vigilar se vuelve demasiado fina.
Además, los robotaxis no solo observan a quienes viajan dentro. También registran lo que ocurre fuera: maniobras peligrosas, peatones en riesgo, vehículos que se saltan señales o incluso delitos como atropellos con fuga. En Los Ángeles, un caso de hit‑and‑run se resolvió gracias a las imágenes captadas por un Waymo que pasaba por la zona. Y durante las protestas de 2025 contra las políticas migratorias, varios vehículos fueron vandalizados por manifestantes que temían que las grabaciones pudieran ser utilizadas por la policía.
Aun así, no se trata de un debate pensado para generar alarma Expertos en ciberseguridad señalan que un cierto nivel de supervisión es prácticamente inevitable: un taxista tradicional también observa a sus pasajeros, aunque sea a través del retrovisor. Y en servicios como Uber, muchas veces hay cámaras instaladas por los propios conductores. La clave está en buscar un punto intermedio: informar claramente al usuario, limitar el uso de los datos y evitar que la tecnología se convierta en una herramienta de vigilancia masiva.
La buena noticia es que aún se está a tiempo de definir las reglas. Los robotaxis llevan menos de una década en circulación y las normas que los regulan están lejos de ser las definitivas. Existen tecnologías de privacidad -desde sistemas de anonimización hasta cámaras que solo se activan ante eventos concretos- que podrían incorporarse en futuras versiones. Como recuerda la experta Irina Raicu, «los coches autónomos están llegando, pero no tienen por qué llegar en esta versión».















