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Splinter: la curiosa historia del primer superdeportivo de madera

La historia del Splinter, considerado el primer superdeportivo de madera del mundo, es una de esas rarezas que demuestran hasta qué punto la creatividad y la obsesión pueden llevar a un proyecto a buen proyecto... por muy llamativo y 'estrafalario' que parezca.

Foto tres cuartos delantero Splinter

Su creador, Joe Harmon, llevaba años soñando con diseñar y construir su propio coche, y encontró la inspiración definitiva en un avión de la Segunda Guerra Mundial: el de Havilland Mosquito, famoso por su estructura de madera y por haber sido uno de los aparatos más rápidos de su época. A partir de esa idea, Harmon decidió explorar hasta dónde podía llegar un material tan antiguo como la madera en un contexto tan exigente como el de un superdeportivo moderno.

El Splinter comenzó como un proyecto de posgrado en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, pero pronto se convirtió en una aventura de casi una década en la que Harmon y su equipo trabajaron sin descanso para demostrar que la madera podía ser algo más que un material tradicional asociado a muebles o carpintería.

Foto interior Splinter


Su objetivo era utilizarla en todas las aplicaciones posibles del vehículo, desde el chasis hasta la carrocería, pasando por elementos estructurales y decorativos. Según el propio Harmon, la madera es el único material de construcción naturalmente renovable, biodegradable y con un coste energético muy bajo en su producción, además de ofrecer una relación resistencia‑peso superior a la del acero y el aluminio cuando se trabaja en forma de compuestos modernos .

El resultado final es un coche que se estima en un 90% de madera, construido a partir de piezas laminadas, prensadas y moldeadas mediante técnicas de ingeniería que recuerdan más a la fabricación aeronáutica que a la automoción tradicional.

Cada componente de madera del Splinter está hecho con construcción compuesta, lo que significa que no se trata de simples tablones, sino de capas de fibras orientadas estratégicamente para soportar esfuerzos específicos. Este enfoque permite que el vehículo no solo sea ligero, sino sorprendentemente rígido, algo esencial para un coche de altas prestaciones.

Aunque pueda parecer un experimento artesanal, el Splinter es un superdeportivo en toda regla. Monta un motor Chevrolet LS7 V8 capaz de generar alrededor de 650 caballos de potencia, asociado a una transmisión manual de Corvette de seis velocidades. Gracias a ello, el coche ha alcanzado velocidades superiores a los 321 km/h, una cifra que lo sitúa en el territorio de los deportivos convencionales fabricados en materiales como el aluminio o la fibra de carbono. Esta combinación de un corazón mecánico de altas prestaciones con un cuerpo casi íntegramente de madera convierte al Splinter en un vehículo único, tanto por su concepción como por su ejecución.

Harmon reconoce que el coche no es especialmente cómodo ni práctico. No fue diseñado para circular a diario ni para competir con superdeportivos comerciales. Su propósito es otro: cuestionar nuestras ideas preconcebidas sobre los materiales y demostrar que la madera, trabajada con técnicas contemporáneas, puede ofrecer un rendimiento sorprendente.

En cierto modo, el Splinter funciona como un laboratorio rodante que invita a reflexionar sobre la sostenibilidad y sobre la posibilidad de recuperar materiales tradicionales en un mundo dominado por los compuestos sintéticos.

Foto parte trasera Splinter


El proyecto también rinde homenaje a una época en la que la madera era un material de vanguardia. No hay que olvidar que, durante décadas, fue la base de vehículos, aviones y embarcaciones, y que incluso en los años sesenta y setenta algunos coches de competición, como los Marcos con chasis de madera, lograron éxitos notables en circuitos europeos. El Splinter recoge ese legado y lo lleva a un extremo casi ‘romántico’: un superdeportivo que combina ingeniería moderna, artesanía y una visión profundamente personal.

Hoy, el Splinter sigue siendo una pieza única, más cercana a una obra de arte que a un prototipo industrial. Pero su existencia demuestra que la innovación no siempre depende de nuevos materiales o tecnologías futuristas. A veces basta con mirar hacia atrás, recuperar una idea olvidada y atreverse a llevarla más lejos que nadie.

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