En Chile y en buena parte de Latinoamérica, las empresas -incluidas las del sector de la automoción y la movilidad- comienzan a comprender que la seguridad digital no depende solo de tecnología, sino de personas, hábitos y decisiones cotidianas. Esa transformación -lenta pero decisiva- es lo que se conoce como cultura de ciberseguridad, y está emergiendo como el factor más determinante para la resiliencia empresarial.
La Agencia Nacional de Ciberseguridad -ANCI- y distintos organismos públicos han insistido en que la protección digital debe integrarse en la estructura misma de las organizaciones. No basta con reaccionar ante incidentes: hay que anticiparlos. Y eso implica que cada empleado, desde el área de sistemas hasta quien atiende al público, entienda que un clic equivocado puede abrir la puerta a un ataque. En ese sentido, la cultura de ciberseguridad funciona como una vacuna organizacional: previene, educa y fortalece.
El cambio se nota especialmente en sectores críticos -energía, transporte, salud, banca- donde los sistemas digitales ya son parte del corazón operativo. En una empresa de transporte, por ejemplo, un ataque puede detener flotas de buses o afectar los sistemas de pago electrónico. En una clínica, puede bloquear el acceso a historiales médicos o imágenes diagnósticas.
Por eso, las compañías chilenas están empezando a invertir no solo en infraestructura tecnológica, sino en formación continua -en este sentido, cabe recordar que Grupo CYBENTIA dispone de un Área de Formación, cuyo director es Jonay Peñate, que ofrece cursos únicos en el mundo sobre ciberseguridad aplicada a automoción y movilidad conectada-, simulaciones de ataque y protocolos de respuesta que involucren a toda la organización.
La cultura de ciberseguridad también tiene una dimensión humana. Según estudios recientes, más del 80% de los incidentes globales se originan en errores humanos -un correo mal abierto, una contraseña compartida, una actualización ignorada-. En Chile, donde la digitalización avanza rápido pero la capacitación aún es desigual, ese dato cobra especial relevancia. Las empresas que logran reducir esos riesgos son las que promueven una comunicación interna clara, incentivan la denuncia de incidentes sin miedo y convierten la seguridad en parte del día a día, no en una tarea del área TI -de informática-.
Además, la nueva Ley Marco de Ciberseguridad y la creación de la ANCI están empujando a las organizaciones a formalizar esta cultura. Ya no se trata de cumplir por obligación, sino de entender que la ciberseguridad es una ventaja competitiva. Una empresa que protege sus datos, sus clientes y su reputación está mejor preparada para sobrevivir en un entorno donde los ataques se multiplican y los sistemas se interconectan cada vez más -desde los autos conectados hasta los servicios públicos digitales-.




