El caso más recordado es el del Felicity Ace, el buque que ardió frente a las Azores en 2022 mientras transportaba cientos de coches, muchos de ellos eléctricos. Nadie pudo determinar con certeza el origen del fuego, pero las baterías de litio estuvieron en el punto de mira. El barco fue abandonado y terminó hundido, tras lo cual ya hubo voces que llegaron a una conclusión: mover energía concentrada en forma de baterías puede ser tan arriesgado como transportar combustible.
Según datos del World Shipping Council, los incendios en buques portacontenedores ocurren, de media, cada 17 días. No todos se deben a baterías, pero el aumento de dispositivos eléctricos en los cargamentos -desde coches hasta ordenadores portátiles- ha elevado el riesgo. Un solo contenedor con 4.000 ordenadores portátiles puede almacenar suficiente energía para alimentar varios vehículos eléctricos, y sin embargo no se considera carga peligrosa. La regulación marítima, advierten los expertos, se ha quedado atrás frente al ritmo de la electrificación.
El problema no es solo químico, sino también logístico. Las inspecciones revelan que uno de cada diez contenedores presenta irregularidades: declaraciones incompletas, embalajes defectuosos o estiba insegura. En un viaje de semanas, bajo el sol tropical y con temperaturas que superan los 40 grados en cubierta, una batería dañada puede convertirse en la chispa que dé comienzo a algo muy serio. Y una vez que el fuego comienza, apagarlo es muy complejo: las baterías de litio arden con tal intensidad que el agua apenas sirve para contenerlas -incluso aunque estés en medio del océano-.
Las navieras, conscientes del riesgo, han empezado a limitar el transporte de vehículos eléctricos o a exigir medidas adicionales: contenedores aislados, sensores térmicos, rutas específicas y seguros más caros. Algunas incluso se niegan a embarcar coches usados o dañados, por miedo a que una batería defectuosa provoque un desastre.
El dilema parece, por tanto, evidente. La transición energética necesita mover millones de baterías entre continentes, pero el sistema marítimo -que transporta el 90 % del comercio mundial- no está preparado para hacerlo de forma totalmente segura. Fabricarlas cerca de los mercados finales podría ser una solución, pero eso implica reestructurar toda la cadena industrial.














