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Coronavirus: ¿Qué pueden aplicar los fabricantes de la 2ª Guerra Mundial?

Ante problemas globales, la cooperación es clave. Pero sin coordinación el esfuerzo podría ser en vano. ¿Son extrapolables las decisiones que se tomaron al contexto del coronavirus? ¿Están siendo eficaces las industrias?

Imagen de una persona jugando al ajedrez
Foto: Jan Vašek en Pixabay.

Aunque la producción de vehículos SUV y camiones haya puesto freno, la actividad de las fabricantes de coches no ha parado en seco. Han dejado de trabajar con metal, pero han emprendido proyectos para ayudar a hacer frente al coronavirus. Esto ha llevado a Ford a colaborar con 3M en la confección de mascarillas especiales y con GE Healthcare para desarrollar respiradores.

Otras marcas también están dirigiendo sus esfuerzos de forma similar. Tesla ha comprado 1.200 equipos de ventilación en China para donarlos a los hospitales de California. Elon Musk ya ha declarado estar trabajando en la producción propia de estos mismos. Una práctica parecida a la que lleva a cabo General Motors.

A este respecto, Bill Ford, bisnieto del fundador de la empresa y directivo ha tendido el paralelismo entre esta situación y la que se vivió durante la 2ª Guerra Mundial. «Esto es lo que nuestra compañía ha hecho siempre que hemos -Estados Unidos- estado necesitados».

Una eficacia difícil de igualar

Durante el conflicto bélico, Ford alcanzó una notable eficiencia. Llegando a producir un bombardero B-24 cada 63 segundos en su planta de Detroit. Un ritmo de producción que no se está alcanzando en la lucha contra el COVID-19. En parte porque no todas las marcas tienen los medios para producir este material médico.

Sin embargo, para combatir contra Alemania y Japón se construyeron nuevas fábricas, un esfuerzo que no planean actualmente. Además la segmentación del trabajo llevó a que cada fabricante se especializase en un campo. Municiones, barcos, aviones, tanques, etc.

Obviamente, son situaciones muy dispares. Los sistemas médicos no necesitan tanta variedad de producción. Sin embargo, la demanda de respiradores y equipos de protección es más inmediata. La segunda Guerra Mundial se gestó durante años y duró otros tantos. La crisis del coronavirus ha cambiado la vida de la gente en pocas semanas y la intención es que no dure mucho más.

La industria no ha parado su actividad por falta de medios, sino porque los trabajadores necesitan mantener las distancias. Además, los materiales de fabricación no se encuentran tan al alcance como en 1941. Su producción se ha globalizado.

Aun así, la forma en que las fábricas estadounidenses se movilizaron en aquella ocasión sigue siendo un ejemplo del que tomar nota. Una proeza a niveles de volumen, rapidez y eficacia.

Dudas donde había rumbos decididos

Lo primero a tener en cuenta es la actuación gubernamental. Roosevelt, presidente en aquellos momentos, puso a trabajar a todo el sector del automóvil en previsión del conflicto bélico. Tomó estas medidas casi un año antes de entrar en guerra. En la actualidad, las autoridades han vacilado a la hora de considerar al virus una amenaza real. Por lo tanto, la preparación previa no ha existido.

La ayuda, aunque quizás tarde, ha llegado de la mano de bastantes compañías además de las de la automoción. Por ejemplo, Dior ha comenzado a producir desinfectante para manos tanto en Estados Unidos como en Francia. Honeywell ha contratado a 500 nuevos empleados para fabricar máscaras N95. Y Amazon ha contratado a 100.000 personas para fortificar las redes de transporte en este contexto de necesidad.

Pese al esfuerzo, las compañías siguen demandando una guía por parte del gobierno. Es decir, que estas actividades surgen de la voluntad individual de cada empresa, lo que las aleja de ser todo lo eficaces que podrían. La coordinación es clave y debería de provenir del gobierno federal.

En su lugar, algunos estados y ciudades como Nueva York, han decidido dejar que los precios aumenten en productos de primera necesidad. «Una actitud perversa que recuerda a la Guerra Civil» ha dico Mark Wilson, un historiador de la Universidad de Carolina del Norte.

La coordinación también resulta clave a otros niveles. Durante la 2ª Guerra Mundial, las fabricantes crearon el Consejo de la Automoción para la Producción de Guerra. Esto hacía que las fábricas cooperasen entre ellas. Cualquier material sobrante se notificaba en una lista compartida por si otra lo necesitaba. Las instalaciones de cada marca podían ser utilizadas por trabajadores de otras, unificando fuerzas con un único objetivo en mente.

Photo by ThisIsEngineering from Pexels

En aquella situación, el gobierno también liberó la propiedad intelectual. Así, el avance logrado era compartido por todo el país sin límites. Este tipo de movimientos ahora podrían favorecer la producción de respiradores y material médico.

Pero Trump ha preferido no inmiscuirse en los planes de las empresas privadas. Y se ha renegado a usar el Acto de Producción para la Defensa ideado en 1950. «No somos un país que nacionalice sus negocios». Sin embargo, esta ley no obliga a la nacionalización de las empresas, sino que se trata de una firma de contratos de colaboración temporales entre los negocios y el gobierno.

Invita el gobierno

Durante la 2ª Guerra Mundial, el coste de la construcción de plantas y la producción de las fabricantes corrió a cuenta de la nación. «Este esfuerzo salió del núcleo del poder político» asegura Wilson. También piensa que es más deseable aquello que esperar a que los directivos de las corporaciones tomen una decisión.

Las compañías ahora mismo desconocen si su ayuda va a recibir alguna retribución fiscal o económica. Esta incertidumbre provoca que algunas fabricantes duden a la hora de aportar su granito de arena por considerarlo inviable económicamente, al contrario de lo que sucedía en el contexto de la 2ª Guerra Mundial.

La clave para vencer en una batalla global -en 1940 y quizás también ahora- está en encontrar los incentivos correctos. Una vez encontrados, ya solo hay que dirigir los efectivos en la dirección correcta.

Artículo originalmente publicado por Alex Davies para Wired.

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