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Karajan y Porsche: la armonía del escándalo

Herbert von Karajan dirigía como nadie a la Filarmónica de Berlín en sus interpretaciones de las Sinfonías de Beethoven. Pero, cuando acababa la música... se dejaba dirigir por la pasión de su coche favorito.

Detalle de la parte trasera del Porsche 911 de Karajan

Cuando elegimos ‘desconectar’ nuestra mente de preocupaciones y pensamientos profundos, solemos entregarnos a lo frívolo como distracción. Y, sin duda, una de las mayores frivolidades es -y siempre será- lo que venimos en llamar ‘la crónica rosa’. Esto es, todo aquello que rodea a la gente famosa del mundo: su vida personal, la de sus parejas y familiares… y, sobre todo, sus gustos y manías.

Esto último es un arma de doble filo, pues las marcas reciben con sumo agrado el honor de ser las elegidas por estos VIPs. Y las de coches no son ninguna excepción. Más bien -casi- al contrario: ya es cosa común ver una cara conocida en los anuncios de las últimas novedades.

Evidentemente, el talento y notoriedad no priva a estos personajes de su condición humana. Como cualquiera, siguen teniendo sus filias y fobias… aunque es justo reconocer que aquéllas suelen cultivarlas en grado excelso. Y ésta es una de esas historias.

Un concierto… entre cilindros opuestos

Herbert von Karajan es -seguramente- el más notable entre los grandes directores de orquesta de la era moderna. Su talento natural, manejando la batuta con los ojos cerrados y una prodigiosa memoria -odiaba llevar partituras- le abrió la puerta de la Filarmónica de Berlín… y de la fama mundial. De hecho, quienes entienden de música clásica le consideran como el mejor intérprete de las Sinfonías de Beethoven.

El director Herbert von Karajan

Tal era su popularidad, que los discos de sus grabaciones ‘aguantaban el tipo’ en las listas de ventas frente a los estilos musicales de moda. Daba igual ‘rock’, que ‘funky’ o -incluso- ‘hip hop’: a lo largo de toda su carrera, el artista austríaco nunca abandonó la mesa de los ídolos.

Pero, como contrapartida, además de ser un ídolo… se lo creía. En su tiempo libre, tomaba cada afición o pasatiempo como un arte en sí mismo. Especialmente, su pasión por los coches. Y aquí viene su gran manía: A Karajan le encantaban los Porsche.

No en vano, era uno de los mejores clientes que jamás tuvo la firma de Stuttgart. En su dilatada vida llegó a poseer un 356 Speedster, un 550 A Spyder, dos 959 -que incluso para su presupuesto fueron caros- y varios 911, su carrocería favorita de la marca.

Karajan con su Porsche 550 A Spyder

Por ello, un buen día de 1974 se dejó caer por la Exklusiv Manufaktur de Zuffenhausen con una idea: crear el 911 perfecto… para él. Había oído hablar de las bondades de la -entonces- recientemente estrenada variante Turbo, y ya había decidido tomarla como base del proyecto. Pero, en su opinión, pesaba demasiado y no corría lo suficiente. Así que lanzó el guante a los ingenieros: «deberá pesar menos de 1.000 kg… y tener una potencia específica de 4 kg por cada CV». Tal cual.

‘Challenge Accepted’

Como si de un duelo se tratase, el propio mandamás de Porsche -Ernst Fuhrmann- aceptó el encargo. El primer paso fue colocar sobre el banco de trabajo el chasis desnudo del Turbo RSR que utilizaban en competición. Sobre él se instalaron partes de carrocería de los Carrera RS y una jaula de seguridad, ya que el habitáculo se quedaría sólo con los asientos delanteros. El primer requisito ya estaba cumplido, con un resultado que se asemejaba -por estética- a los 911 utilizados en rallys.

Pero aún quedaba el motor. Para lograr la relación peso-potencia exigida, fue necesario dotar al bloque 2.1 de un árbol de levas más ligero… y un turbocompresor de mayor caudal que el de serie. Parece fácil así escrito, pero hay que tener en cuenta que, en aquel momento, los 360 CV que otorgaba -casi 100 más que el Turbo estándar- eran ‘terra incognita’ para una marca que empezaba a experimentar con la aspiración forzada.

Imagen frontal del Porsche 911 de Karajan

Como movimiento final, Karajan ordenó pintar el coche en plata y añadir una decoración al estilo ‘Martini’ como la que lucían los Porsche triunfadores de Le Mans. Tras un ‘tira y afloja’ con la familia Rossi -propietarios del conocido vermú-, la obra estaba terminada. Una obra, a todas luces, triunfal. Y con su firma estampada en la cubierta posterior.

El maestro debió quedar encantado con su 911 porque, durante mucho tiempo, se convirtió en su vehículo de diario. En Anif, los lugareños recuerdan verlo siempre aparcado en el mismo sitio frente al hotel Friesacher, donde Karajan solía disfrutar del especial de ternera de la casa.

Karajan posando en un disco con su Porsche 911

Una vida, en fin, de auténtico ‘adagio’… para un coche de espíritu ‘allegro molto andante’. Tal es así que, tras desembolsar tres millones de euros por él, su actual propietario apenas ha añadido alguna cifra a los escasos 3.000 kilómetros que dejó recorridos el divo de la batuta. Es comprensible: tras haber pasado por tan virtuosas manos, no querrá ‘desafinarlo’…

Diego García
Licenciado en Periodismo, comencé mi andadura en prensa local con el Heraldo de Soria y terminé haciendo labores de comunicación para la Biblioteca Digital del Ayuntamiento de Madrid. Agradecido de poder expresar con mi trabajo mi amor por los coches. Petrolhead a tiempo completo y, cuando no estoy trabajando, pilotillo en simuladores de conducción. Sólo estoy vivo cuando estoy en la carretera. Creo firmemente en un uso responsable de la tecnología. Por ello, mi cometido aquí es contribuir a que la sociedad pierda el miedo frente a los avances y cambios que trae.

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