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Fiat Mefistofele: y el diablo echó a rodar

Tras sobrevivir a la Primera Guerra Mundial, Ernest Eldridge se juró a sí mismo que, en adelante, viviría a la manera de los caballeros de su tiempo. Eso implicaba poseer un coche deportivo. Pero no se conformaría con uno cualquiera...

Imagen frontal del Fiat Mefistofele

La huella que la Gran Guerra había dejado en los afortunados combatientes que la superaron impulsó un gran número de cambios en las costumbres. Toda una generación de jóvenes nobles y potentados decidió gestionar de otros modos sus pleitos en el campo del honor, dejando atrás la sangre del sable y las pistolas en favor del sudor de los deportes… Y, cómo no, del estruendo de los automóviles, sus ‘juguetes’ preferidos.

Porque, en aquellos ‘felices años veinte’, el automóvil era aún una máquina ‘libre’. Libre de las leyes de los hombres, libre de sus tributaciones. Una ‘nueva belleza’ -como dejaría escrito Marinetti- que seducía sin remedio a los más sedientos de aventuras. Ese ‘embrujo’ llevaría a Eldridge a ponerse ‘manos a la obra’ para construir su coche.

Y sí, ‘construir’. Construirlo desde cero. En aquel entonces, los ‘gentleman drivers’ como él no podían siquiera soñar con que una marca de coches quisiera apoyar su talento. Talento que, aún, estaba por demostrar.

La ‘base’ de su particular proyecto no tardaría en aparecer. En 1922, un pequeño Fiat SB-4 abandonaba en plena carrera en el circuito de Brooklands. Una avería en un cilindro -literalmente, explotó- se tornó en catastrófica para el resto del motor. Su piloto y propietario decidiría, posteriormente, venderlo como el trozo de chatarra que Eldridge adquiriría, casi pagándolo ‘al peso’.

En la fragua del Averno

A día de hoy, ‘Built, not Bought’ -‘Construido, y no Comprado’- es una ‘frase de pegatina’, muy extendida entre los aficionados que se precian de haber dejado sus coches exactamente como querían… y con sus propias manos. Dichos aficionados se la deben, precisamente, a pioneros como un Eldridge que, en su taller, buscaba la manera de convertir al Fiat derrelicto en un ‘cazarécords’.

Amante también de los aviones, había comprobado de primera mano lo que podían hacer gracias a la fuerza de sus motores. Con esa inspiración, encontró finalmente el ‘corazón’ que creyó apropiado: el Fiat A.1, un descomunal propulsor de seis cilindros en línea y 21,7 litros de cubicaje, originario de los bombarderos en picado de la ‘Aeronautica Militare’ transalpina.

El Fiat Mefistofele exhibiendo su motor

Todavía no del todo satisfecho, nuestro protagonista decidió complicarse aún más, buscando formas de potenciarlo por su cuenta. Tras añadir dos válvulas más -de admisión y escape- a cada cilindro, consiguió obtener unos 320 CV a 1.800 RPM.

Evidentemente, encajar aquel ‘monstruo’ en el chasis no fue tarea fácil. El bastidor original se alargó considerablemente con objeto de poder alojarlo en la mitad frontal. Una vez en su sitio, la gran cantidad de chapa necesaria para ‘cubrirlo’ fue tomada igualmente de la chatarrería: un autobús de dos pisos actuó como involuntario donante.

Impaciente, decide salir a probarlo en circuito nada más terminarlo. Y, en esta primera experiencia, el británico averigua que ha creado el coche más rápido del momento: su ‘engendro’ logra cubrir una media milla en 23,17 segundos. Un nuevo récord mundial que firma con el estrépito ensordecedor de su mecánica. Eso, y el estupor de la temprana proeza, le valdrán el privilegio de poseer un nombre propio. Se llamará ‘Mefistofele’, al igual que aquella encarnación del diablo quien, con su verbo, arrastra a los hombres a su perdición.

Destino de caballero

Las noticias, más rápidas aún que el coche, corren por todo el continente. Y, desde el otro lado del Canal de la Mancha, llega la misiva del piloto francés René Thomas, la gran estrella de la marca Delage. Una fecha; julio de 1924. Un lugar; la Route Nationale 20, cerca de Arpajon. Un duelo en toda regla, frente al vehículo de producción más imponente de Francia: el Delage V12 ‘La Torpille’ y sus 350 CV.

Como demanda el honor, el desafiado es el primero en mostrar sus cartas. Sobre una superficie de fina tierra, el Mefistofele no encuentra problema para alcanzar los 230,55 km/h. Los anfitriones comprueban que han subestimado a su rival, y se aferran al hecho de que el Fiat no posee marcha atrás -un requisito indispensable- para impugnar el récord. Mientras el caballero inglés convence a un herrero local e improvisa un mecanismo de reversa, Thomas registra unos respetables -e inapelables- 230,63 km/h.

Parte posterior del Fiat Mefistofele

Es la hora de recuperar la honra, y caballero y montura emprenden un nuevo ‘galope’ por el polvoriento camino. No sólo polvo dejan atrás, también una nube de benceno y aceite quemado, con su olor mareante y su blanquecina estela. Una estela que, conforme avanzan, se vuelve cada vez más fina.

Se aclara el panorama, pero no la vista de Eldridge. Ahora, es la propia velocidad lo que la emborrona. Desde la escasa protección de sus gafas, los árboles a ambos lados de la carretera mutan en amalgamadas ‘cintas’ de color verde, perdiéndose en los ángulos muertos de su mirada.

El horizonte se vuelve una quimera, mientras el ruido todo lo ocupa. El de un motor que derrocha fuerzas, tirando de un artefacto que pelea contra un aire que lo frena, que sopla sobre él con diferentes timbres; más ‘cantarín’, acariciando el latón del radiador frontal; más gutural cuando se filtra por las junturas de los paneles de chapa. Fuera, varios pares de ojos -los suficientes para dar testimonio- observan al caballero. ¿Dirige él a la máquina… o es ésta, realmente, una criatura diabólica que lo conduce irremediablemente al infierno?

Como impelido por ese verso de Kipling -«sólo con la voluntad que dice ‘¡Adelante!'»-, Eldridge aguanta, colgado del volante de su Fiat. Al fondo, su oponente, catalejo en mano, tuerce el gesto -«Sacré bleu!»-. El caballero culmina su gesta, registrando -ahora sin discusión- los 234,98 km/h. Una plusmarca que nadie más intentará superar en carretera abierta. Matemáticas que se convierten en leyenda. Y la ‘risotada’ de un diablo que, una vez más, triunfa.

El Fiat Mefistofele en acción

Así fue cómo el Mefistofele se ganó su ‘inmortalidad’, la cual disfruta en nuestros días como una de las principales atracciones del ‘Museo Storico’ de Fiat en Turín. Pero, a diferencia del resto de piezas, ‘algo’ parece seguir latiendo dentro de él. No una entidad satánica, sino -más bien- el bello recuerdo de una era donde la pasión lo alcanzaba todo.

Licenciado en Periodismo, comencé mi andadura en prensa local con el Heraldo de Soria y terminé haciendo labores de comunicación para la Biblioteca Digital del Ayuntamiento de Madrid. Agradecido de poder expresar con mi trabajo mi amor por los coches. Petrolhead a tiempo completo y, cuando no estoy trabajando, pilotillo en simuladores de conducción. Sólo estoy vivo cuando estoy en la carretera. Creo firmemente en un uso responsable de la tecnología. Por ello, mi cometido aquí es contribuir a que la sociedad pierda el miedo frente a los avances y cambios que trae.

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