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El día que Peugeot compitió… con un monovolumen

Antes, los coches de carreras 'molaban' más. Sobre todo, cuando algún genio escogía el camino más 'alocado' posible. Ésta es una de esas historias.

Imagen del Peugeot 806 en las 24h de Spa

Preguntas para los que han visto mucho: ¿Por qué, en todos los foros y conversaciones sobre carreras, parece haberse perdido ‘la magia’? ¿Por qué todas esas discusiones terminan siempre mentando a los ancestros de algún legislador deportivo? ¿Qué nos lleva a pensar que la competición “ya no es lo que era”?

Las respuestas se antojan complicadas. Bien es cierto que, en la actualidad, sólo el público más joven puede captar el carisma de los pilotos contemporáneos, más centrados -con frecuencia- en sus poses de Instagram que en machacar a sus oponentes. También, el hecho de que las drogas de ayer -léase tabaco- decorasen con mejor gusto los coches que las de hoy -léase bebidas energéticas- es otro ‘sapo’ difícil de tragar.

Pero, por encima de todo, la ‘muerte’ del espíritu competitivo comenzó en el momento en que ciertas cabezas pensantes decidieron aplicar el igualitarismo… con una apisonadora.

Sí, los reglamentos son necesarios para garantizar el orden… que, a su vez, garantiza una pelea equitativa entre pilotos y sus equipos. Pero tampoco pueden destruir el espíritu de superación que inspiran las carreras. El mismo que se manifiesta cada vez que un conductor realiza una maniobra sin más arma que su fe. O, mucho antes de ese movimiento, cuando un ingeniero produce una idea rompedora…

Los coches de papá

Vámonos a la década de los noventa. Hace casi treinta años, la cosa tenía mejor color. Mucho mejor. Vale, es cierto que ya se percibía un relativo declive con respecto a la ‘locura’ de los ochenta. Pero, frente a aquella ‘edad dorada’ -que no admite comparación-, el decenio siguiente merece ser considerado, al menos, como una ‘era de plata’.

Parte importante de ella fueron los llamados ‘Superturismos’. Por fuera se parecían mucho a la berlina de tu padre, salvo por el alerón y las enormes llantas. Sin embargo, por dentro eran auténticas bestias con una potencia media de más de 300 CV, extraídos cada uno de ellos a base de forzar -más allá de lo razonable- la entrada masiva de aire en sus bloques de dos litros de cubicaje.

Prácticamente todas las marcas tenían un ‘aparato’ de éstos homologado. Peugeot, de hecho, tuvo dos. El primero de ellos -el 405– tuvo un interesante debut, especialmente en el ‘peleón’ BTCC. Pero fue el 406 -su reemplazo- el que alcanzó la gloria, conquistando varios títulos nacionales por toda Europa. Nombres como Laurent Aiello o Rob Gravett le deben a ambos buena parte de sus palmarés.

Sabiendo, entonces, lo bien ‘armados’ que estaban los franceses… ¿A quién se le ocurrió complicarse la vida… y aparecer con una ‘furgoneta’ en las 24 Horas de Spa-Francorchamps de 1995?

‘Globeros’ en Eau Rouge

Hogar de mil y una locuras, el Benelux cobija -desde tiempos inmemoriales- a un buen número de garajistas aguerridos. La experiencia en competición de muchos de ellos supera ampliamente el tamaño de sus instalaciones. Pero, con poco espacio y mucha maña, producen -de cuando en cuando- máquinas que rompen moldes.

Como decíamos antes, en 1995 la mítica prueba de resistencia belga incluía la categoría ‘Procar’. A la guisa de otras competiciones similares, permitía en ella la participación de los Superturismos, cosa que los equipos oficiales de las marcas no dudaban en aprovechar para llevar al límite la resistencia de sus preparaciones.

La escudería Kronos -junto a la filial belga de Peugeot- tuvo, en ese momento, una idea de ‘pensamiento lateral’. Y así, en lugar de un estilizado y felino 406… aparecieron con Garfield, en la forma de un 806.

Imagen del Peugeot 806 en La Source durante las 24h de Spa

Eso sí, al menos guardaba el pedigrí de lo mejorcito del león: el motor procedía de un 306 Maxi de rallys -con todo lo que implica-, y la estrambótica carrocería se asentaba -de igual manera- sobre los ejes del propio 406 ST.

A pesar de partir en la duodécima posición -y de su ‘discreto’ camuflaje de globos-, el contraste de siluetas en la parrilla de salida era brutal. A buen seguro, Eric Bachelart, Philippe Verelleny y Pascal Witmeur jamás tuvieron más ojos encima de su montura.

¿Cómo fue la aventura? Pues… se dice que el 806 tuvo una buena primera hora de carrera. A partir de ahí empezaron a fallar elementos como los frenos o la transmisión, males todos ellos provocados por el exceso de peso -en comparación con la berlina- y la desastrosa aerodinámica. Una y otra vez, el sufrido monovolumen regresó a pista para continuar su aventura, hasta que el motor dijo también “basta” en el ecuador de la prueba.

A través del prisma del tiempo, no cabe duda de que el verdadero ‘padre’ del artilugio franco-belga fue el márketing. Sin embargo, su lucha contra lo imposible es una ‘destilación’ purísima de lo que significa el espíritu de sacrificio. Si aquellos locos no lo hubiesen intentado… no tendrían hoy una historia que contar. Que, al final, es lo único que de verdad cuenta.

Diego García
Licenciado en Periodismo, comencé mi andadura en prensa local con el Heraldo de Soria y terminé haciendo labores de comunicación para la Biblioteca Digital del Ayuntamiento de Madrid. Agradecido de poder expresar con mi trabajo mi amor por los coches. Petrolhead a tiempo completo y, cuando no estoy trabajando, pilotillo en simuladores de conducción. Sólo estoy vivo cuando estoy en la carretera. Creo firmemente en un uso responsable de la tecnología. Por ello, mi cometido aquí es contribuir a que la sociedad pierda el miedo frente a los avances y cambios que trae.

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