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Cuentos para la cuarentena: André Citroën

Hace un siglo, poner el automóvil al alcance de todos no parecía una gran idea de negocio. Pero hubo valientes que lograron llevarla a la práctica.

Retrato de André Citroën

Los anglosajones tienen una expresión perfecta para hablar de los valientes: «to go the distance». Viene a significar -literalmente- «recorrer la distancia». La que suele separar una idea de su materialización. La que convierte las quimeras en realidades. Y la que distingue a los genios de las personas normales.

Es una expresión magnífica porque en ella se encierra una gran verdad, aquella que nos dice que el camino hacia nuestras metas es largo y complicado. Que dar un solo paso en él puede ser la tarea más titánica del mundo. Que seguirlo hasta el final exige sacrificio, ingenio y audacia.

La Historia está llena de nombres y apellidos que recorrieron, cada uno, su propia distancia hasta la gloria. Y dentro de aquélla la historia de la automoción no puede ser menos, pues está directamente forjada a partir del sudor y la perseverancia de miles de almas.

Hoy toca hablar de uno de los grandes nombres de la industria automovilística europea. Y por derecho propio. Si bien fue Henry Ford el primero en acercar el automóvil a las masas -cual Prometeo robando la llama de los dioses-, su revolución tardaría algo más en tocar el Viejo Continente. Pero, cuando lo hizo, se encarnó en la persona adecuada: el francés André Citroën.

La huella de las espigas

Nacido en París en 1878, André Citroën procedía de una familia de joyeros diamantistas. Su infancia entre libros de Julio Verne le otorgaría un poder imaginativo sin límites, el cual le empujaría a graduarse como ingeniero industrial -con veinte años- en la Escuela Politécnica de la capital gala. Corría el año 1900 cuando encontró su primer empleo, como ayudante en una fábrica de engranajes. El distintivo diseño de sus dentados -formando espigas en ‘V’ invertida– se grabaría a fuego en su memoria. Tanto que, un año más tarde, los fabricaba con su patente en asociación con algunos compañeros de facultad.

En 1906 llegaría su gran oportunidad tras ser nombrado director general de Mors. Dicha marca -centrada en vehículos de gran lujo- necesitaba un revulsivo para recuperar su salud financiera. Y André se lo dio: analizó las necesidades de los clientes, dinamizó la gestión interna de la compañía y creó nuevos modelos más adaptados a las tendencias de entonces. El resultado no se hizo esperar, y Mors duplicó sus ventas.

Para 1912, Citroën ya estaba versado en las teorías de Taylor sobre la fabricación en masa. Pero viajó hasta la planta de Ford en Dearborn con la intención de ver cómo se llevaban a la práctica. Sin embargo, el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 le obligaría a aplicar lo aprendido para levantar -en sólo tres meses- una de las mayores fábricas de munición de la época, situada en la parisina Rue Javel.

Imagen de un 5HP T2 Citroenette

Terminada la Gran Guerra en 1919, nuestro protagonista guardó su uniforme de capitán de artillería y modificó profundamente las cadenas de producción. En compensación por el espacio que le había ‘robado’ a su querida ciudad, les brindaría a sus paisanos un motivo para sentirse orgullosos. Nacía -en ese momento- Citroën, la marca que siempre porta dos distintivos: el espíritu de París… y dos espigas gemelas -o ‘chevrons’- en su parrilla.

El automóvil como espectáculo

Su primer modelo -el Citroën Tipo A– bebía de la misma filosofía que el Modelo T, convirtiéndose en el triunfador por ventas entre las clases medias. De la factoría salían -completamente terminados y listos para venderse- 30 unidades diarias, llegando a alcanzar las 20.000 anuales en 1920 y eclipsando casi por completo la presencia en el mercado de sus rivales Renault y Peugeot. Y, al igual que su ‘mentor’ norteamericano, su bajo precio era insuperable.

Pero estas cifras no lo explican todo. El éxito de Citroën se cimentó sobre un planteamiento publicitario que rompió todos los moldes de la época. En el marco de los ‘felices años veinte’, llenó todas las carreteras de Francia con carteles anunciando su nombre. Aunque la publicidad que más le enorgullecía eran las 250.000 bombillas que hacían brillar su nombre sobre su edificio favorito: la Torre Eiffel.

Imagen del Citroën Scarabée D Or

Fue también pionero en la locura de demostrar lo que podía conseguir un automóvil. De su mente surgieron hazañas como la primera travesía por el Desierto del Sáhara, a la cual siguieron otras por los rincones más inhóspitos del mundo.

Su política empresarial sigue siendo -cien años después- la base de las estrategias que emplean todas las marcas. Por ejemplo, Citroën fue la primera en poseer una red comercial extendida por todo el territorio francés. Sus agentes y mecánicos recibían una formación constante, algo que hoy es una práctica estandarizada en la industria. Y sus concesionarios centrales -como el Garage Banville de París- nada tenían que envidiar a las más prestigiosas salas de fiestas: 16 pisos que -junto a la exposición y los talleres- albergaban una piscina, tres pistas de tenis y un hoyo de golf.

Innovando hasta el final, la muerte sorprendería a André Citroën en 1935, mientras su ‘Traction Avant’ -el primer coche de tracción delantera producido en serie- comenzaba a dejarse ver por las carreteras. Desde entonces, la marca que porta su apellido ha pasado por multitud de altibajos, incluyendo varias quiebras… Pero jamás ha perdido su vocación popular y transgresora. Y esperamos -y deseamos- que así continúe por, al menos, otro siglo más.

Diego García
Licenciado en Periodismo, comencé mi andadura en prensa local con el Heraldo de Soria y terminé haciendo labores de comunicación para la Biblioteca Digital del Ayuntamiento de Madrid. Agradecido de poder expresar con mi trabajo mi amor por los coches. Petrolhead a tiempo completo y, cuando no estoy trabajando, pilotillo en simuladores de conducción. Sólo estoy vivo cuando estoy en la carretera. Creo firmemente en un uso responsable de la tecnología. Por ello, mi cometido aquí es contribuir a que la sociedad pierda el miedo frente a los avances y cambios que trae.

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