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Cómo eran los eléctricos hace… 150 años

No dejamos de asombrarnos con los avances de los automóviles eléctricos en la actualidad. Pero... ¿cómo empezó toda esta aventura? Y, lo que es más importante, ¿están solucionando de verdad sus inconvenientes?

Imagen de un Flocken 7 de 1888
Image by Henrysirhenry

Hoy en día, asistimos a la que puede -porque todo apunta a ello- ser la gran revolución automovilística de nuestro tiempo. Nos referimos, claro está, a la que está protagonizando el coche eléctrico. Cada vez son más rápidos, llegan más lejos… y cuesta menos recargarlos, gracias a toda la tecnología que se está desarrollando en el presente.

Y, sin embargo, su pasado es difuso para el gran público. Al nivel de la gente corriente, muy pocos pueden dar una fecha aproximada de la aparición del primer vehículo eléctrico de la historia. Es por ello que, desde estas líneas, vamos a desempolvar los viejos libros para contarte sus inicios.

El primer ‘automóvil’

La frase de arriba no es, ni mucho menos, arriesgada. Y se debe a que los primeros proyectos de propulsión eléctrica están documentados en 1828, más de treinta años antes de que se inventase el motor de cuatro tiempos. El honor de ser el pionero se atribuye al húngaro Ányos Hedlik, quien creó un pequeño carrito movido por un sistema propulsor que jugaba con el movimiento -y el magnetismo- de una barra metálica que giraba indefinidamente entre dos polos opuestos.

En estos primeros tiempos, tales máquinas no eran sino ‘maquetas’ que demostraban que podían desplazarse por sí mismas. Aún faltaba lograr que cupiese una persona sobre ellas… y, por supuesto, inventar una forma de portar la energía mientras se movía.

Este último avance vino de la mano de Gastón Planté. Este físico francés ideó, en 1859, la primera batería. Básicamente, se trataba de un gran cajón con varias láminas de plomo sumergidas en ácido. La electricidad se obtenía por efecto de la reacción química resultante. Este proceso, conocido como electrólisis, es aún el principio de funcionamiento de las células que puedes encontrar en los eléctricos actuales.

Imagen del Henri Tudor

Aquellas ‘pilas’ primigenias comenzaron a formar parte de una serie de vehículos que surgieron, con el tiempo, en diversas partes del mundo. Desde Charles Jeantaud hasta William Morrison -pasando por Thomas Parker o Philip Pratt-, podría decirse que el coche eléctrico tuvo varios ‘padres’. Ello no le impidió acumular cierto éxito hacia finales del siglo XIX. Sirva como ejemplo el hecho de que, en la Nueva York de 1897, la mayoría de ‘taxis’ eran carruajes eléctricos.

La -primera- conquista de las calles…

El siglo XX comenzó bien para los vehículos eléctricos. Cada vez más empresarios comenzaron a producir coches en serio. Así surgió, en 1906, la Detroit Electric, la cual puede considerarse como la marca más exitosa de todas.

Imagen de un Detroit Electric

La alta sociedad de la época -sus principales clientes- apreciaban, por encima de todo, el silencio de su marcha frente a los ruidosos motores de explosión. También, al no conocerse la teoría de la producción en serie, se podían permitir el lujo de encargar su vehículo personalizado hasta el último detalle, tal y como sus antepasados lo hacían con los carruajes de caballos.

El progreso técnico también acompañó. En 1908, Thomas Edison patentó un nuevo concepto de batería que empleaba níquel en lugar del plomo, aumentando exponencialmente sus prestaciones.

… y el primer declive

Pero todo cambiaría ese mismo año. Henry Ford -que, irónicamente, era poseedor de dos Detroit Electric- logró implantar las cadenas de producción en su fábrica de Dearborn. De ellas salió el ‘Modelo T’, un coche de combustión cuyo bajo precio permitió a millones de norteamericanos el placer de poseer un automóvil en propiedad.

El fenómeno pilló ‘con el paso cambiado’ a los constructores de los eléctricos, quienes aún fabricaban sus modelos en tiradas comparativamente más cortas… y más costosas. Para completar el desastre, sus defectos técnicos brotaron con fuerza entre la opinión pública: la autonomía de las baterías -cuyo rendimiento se estancó severamente- se había vuelto ridícula en comparación con lo que podía lograr un depósito de combustible lleno.

Y, por otro lado, el auge de la explotación del petróleo -que, por fin, encontraba un uso beneficioso- hizo posible que la gasolina llegase a muchos rincones antes que el suministro de electricidad.

Finalmente, la crisis mundial de 1929 hizo desaparecer por completo a estos pioneros de la automoción eléctrica. En el nuevo milenio, sus ‘herederos’ están enfrascados en la tarea de -esta vez sí- salir triunfantes. Pero será mejor que no se descuiden…

Diego García
Licenciado en Periodismo, comencé mi andadura en prensa local con el Heraldo de Soria y terminé haciendo labores de comunicación para la Biblioteca Digital del Ayuntamiento de Madrid. Agradecido de poder expresar con mi trabajo mi amor por los coches. Petrolhead a tiempo completo y, cuando no estoy trabajando, pilotillo en simuladores de conducción. Sólo estoy vivo cuando estoy en la carretera. Creo firmemente en un uso responsable de la tecnología. Por ello, mi cometido aquí es contribuir a que la sociedad pierda el miedo frente a los avances y cambios que trae.

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