Ataques

¿Exageran los taiwaneses al decir que un vehículo no cíber-protegido puede ser ‘una bomba’?

En la actualidad, un coche conectado es mucho más que un objeto que puede desplazarse a alta velocidad; también puede ser un dispositivo de ataque... o, al menos, así piensan en este país. ¿Tienen razón o quizá lo que quieren es que la gente tome conciencia de la importancia de la ciberseguridad en la movilidad?

Un cracker controla vehículos a distancia

Imagina que escuchas una frase como la siguiente: «Cada coche podría convertirse en una bomba rodante». Quizá pensarías en el argumento de una alguna película o serie de acción; sin embargo, el contexto donde se pronunció fue otro bien distinto; en conceto, tal afirmación partió la Prospect Foundation, un grupo de reflexión taiwanés especializado en seguridad tecnológica, tras analizar los riesgos que plantean los vehículos inteligentes fabricados en China. Su advertencia llega en un momento en que la ciberseguridad del automóvil se ha convertido en una cuestión geopolítica: los coches eléctricos y conectados son, en esencia, ordenadores con ruedas que recopilan y transmiten datos de manera constante.

El detonante fue un experimento realizado en Australia con un BYD Shark 6, un pick‑up híbrido enchufable del gigante chino BYD. Durante dos semanas, el experto en ciberseguridad Daniel Hreszczuk, a petición de la cadena pública ABC, intentó acceder a los sistemas del vehículo. Lo consiguió sin necesidad de contraseña ni manipulación física. “BYD había dejado la puerta de entrada abierta”, resumió el investigador. Su hallazgo demuestra que un atacante con acceso remoto podría usar el vehículo como herramienta de espionaje o sabotaje.

La compañía respondió que no transmite datos de usuarios australianos a las autoridades chinas, pero el caso abrió el debate sobre la protección de datos en los vehículos inteligentes. Estos automóviles recopilan información sobre ubicación, velocidad, entorno y comportamiento del conductor. Si esos datos se almacenan o transmiten sin garantías, podrían revelar patrones de desplazamiento cerca de instalaciones sensibles, como bases militares o centrales eléctricas. En Europa, la Dirección General de la Seguridad Interior francesa y el instituto neerlandés TNO ya habían alertado de que los coches conectados podrían servir como puerta de entrada a infraestructuras críticas.

En Taiwán, el asunto se interpreta en clave de defensa nacional. La isla, que vive bajo la amenaza constante de Pekín, ha prohibido la venta de vehículos chinos por temor a que sus sistemas puedan ser utilizados para recopilar información estratégica o incluso ser controlados a distancia. La Prospect Foundation plantea un escenario extremo: si un vehículo conectado puede ser activado o desactivado a distancia, también podría ser manipulado para causar daños físicos. De ahí que se hiciera uso de la expresión «bomba rodante».

Sin embargo, los expertos insisten en que el problema no se limita a las marcas chinas. Hreszczuk advierte que cualquier vehículo con conexión móvil integrada -ya sea un coche, un autobús o una máquina agrícola- es susceptible de sufrir ataques si no se aplican medidas de seguridad adecuadas. De hecho, la autoridad australiana de privacidad investiga a Hyundai y Toyota por posible exceso en la recopilación de datos personales, especialmente de localización.

Así que resulta evidente que la digitalización del automóvil ha abierto una nueva frontera de vulnerabilidades. Los fabricantes deben corregir los fallos conocidos, probar rigurosamente las actualizaciones de software y garantizar que los sistemas críticos no puedan ser manipulados desde el exterior. Para los conductores, la prevención pasa por mantener el software del vehículo actualizado, desactivar las funciones remotas que no sean necesarias y exigir transparencia sobre qué datos se recopilan y dónde se almacenan. También conviene tratar el coche conectado como lo que realmente es: un dispositivo digital que requiere la misma protección que un ordenador o un teléfono.

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