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C 111: el Mercedes que lo cambió todo

Algunos coches no alcanzan el destino que se prometieron. Pero eso no significa que no fuesen capaces de transformar la manera de entender el automóvil. Ésta es una de esas historias...

Imagen frontal del Mercedes C 111

En ocasiones, sucede que una marca quiere desarrollar un coche que destaque de alguna manera. Tal es su deseo, que la necesidad de venderlo es muy secundaria… o no existe. Con frecuencia, esta premisa ha dado lugar a muchos vehículos conceptuales como los que hemos podido ver en este último Salón de Frankfurt.

Algunos de ellos llegan a causar un profundo impacto, siendo un buen ejemplo el e-Legend de Peugeot. Y en estos días, uno de ellos cumple ya cincuenta años desde su primera aparición. Hablamos del Mercedes C 111, una estrella verdaderamente única en el firmamento de Stuttgart.

Una nueva perspectiva

Corría el año 1969, y Mercedes quería probar varias tecnologías que -pensaban entonces- revolucionarían la industria. Así que tomaron la muy germánica decisión de juntarlas todas en un mismo coche.

La primera de ellas fue la carrocería. El lápiz del inefable Bruno Sacco dejó por un momento sus encargos habituales y perfiló unas líneas completamente nuevas en forma de cuña, buscando la suave caricia del viento. Debía ser ligera además, así que la construyeron al completo en fibra de vidrio. El remate de la obra fueron sus dos puertas en forma de ‘ala de gaviota’, que protagonizaron muchas de las imágenes publicitarias de la época.

Imagen del Mercedes C 111 en pista

La segunda fue la planta motriz. En aquel tiempo, el motor rotativo -ideado por Felix Wankel antes de la Segunda Guerra Mundial- estaba de moda. Sus ventajas sobre uno tradicional eran sus excelentes prestaciones… con la mitad de tamaño, ya que sólo existe una cámara de combustión. En este caso, los ingenieros instalaron una unidad con tres rotores -que luego aumentarían a cuatro- en la parte posterior. Inicialmente, la potencia era de 280 CV.

Tras un exitoso debut, muchos curiosos se interesaron por la fecha de comercialización. Algunos de ellos enviaron -dice la leyenda- cheques en blanco para reservar un ejemplar. Pero sin éxito: en el Medio Oriente, la crisis del petróleo comenzó a fraguarse. No habría mercado para los deportivos durante mucho tiempo. Esto, que hubiese supuesto el fin del proyecto en otra marca, sólo fue un ‘punto y aparte’ para Mercedes.

Volando en libertad

Los setenta ya se habían instalado y, con ellos, la firma alemana había decidido apostar por las motorizaciones diésel. Pero había que vencer el obstáculo de un público que sólo entendía este combustible para el uso de los vehículos industriales.

Y, de nuevo, recurrieron al C 111. En este caso, el rotativo dejó paso a un 3.0 de cinco cilindros, procedente de sus reputadas berlinas. Con la ayuda de un turbocompresor -que era la novedad-, lograba desarrollar 190 CV. Tras sesenta horas de prueba en el óvalo de Nardo, nuestro protagonista registró una velocidad máxima de 252 km/h. Era, en ese momento, el coche más rápido del mundo.

Imagen del Mercedes C 111 'cazarécords'

Tal marca no caería hasta 1978. En esa fecha el prototipo regresó a la pista italiana con 230 CV y una aerodinámica completamente renovada, concebida sin remordimientos para la velocidad pura.

Gracias a esta configuración, la marca logró batir hasta nueve récords. Entre ellos, nuevamente volvía a conseguir el del más veloz, con 320 km/h. La misión del C 111 quedaría completa al año siguiente, cuando arrebató a Porsche la plusmarca absoluta del trazado. Eso sí, para alcanzar los 403,978 km/h hizo falta la ayuda de un V8 biturbo gasolina con 500 CV.

Imagen de los Mercedes C 111 en el Museo Mercedes

En la actualidad, los distintos ejemplares del C 111 descansan en el Museo Mercedes de Stuttgart. Sólo uno de ellos fue rescatado y matriculado, en 2014, con la intención de ser utilizado en eventos. Y, aun a pesar de las cinco décadas que han pasado, sigue siendo el centro de atención allá por donde va.

Diego García
Licenciado en Periodismo, comencé mi andadura en prensa local con el Heraldo de Soria y terminé haciendo labores de comunicación para la Biblioteca Digital del Ayuntamiento de Madrid. Agradecido de poder expresar con mi trabajo mi amor por los coches. Petrolhead a tiempo completo y, cuando no estoy trabajando, pilotillo en simuladores de conducción. Sólo estoy vivo cuando estoy en la carretera. Creo firmemente en un uso responsable de la tecnología. Por ello, mi cometido aquí es contribuir a que la sociedad pierda el miedo frente a los avances y cambios que trae.

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